jueves, 24 de noviembre de 2011

De la Metacrítica

“Sino que un cierto genio depravado, no menos engañador y astuto que poderoso, ha empleado toda su industria en engañarme”.[1] Y no es que Descartes se ocupara de la Metacrítica, pero la filosofía es juego de velos y no vamos nosotros a romper normas de juego tan ancestrales.

Descartes, desde su particular tronera, disparaba contra la realidad (esa que se escribe con minúscula, con cierto tufillo a desagravio) en post de otra Realidad (la buena, la evidente, la indubitable). Y luego vino la filosofía crítica, con su breviario de lo que se puede conocer y lo que no. Kant colocó su particular non plus ultra; noúmeno, Nombre-sobre-todo-nombre, ante el cual toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Y hubo tarde y hubo mañana, siglo veinte, Cambalache, problemático y febril, y no quedó piedra sobre piedra porque alguien se percató de que los relojes no saben de la prisa.

Las grandes categorías empezaron a morir por descrédito, como esos fantasmas de los cuentos que si no los miras desaparecen lastimeramente. La filosofía, que como todo saber vive de las crisis, se dio cuenta de que la norma dice muy poco del mundo. Wittgenstein ya lo había apuntado en el archiconocido cierre del Tractatus; al fin y a la postre aquello de lo que no se puede hablar es lo que realmente merece la pena.

El canon resultó quimera, Gorgona, y hubo que decapitarlo, la cabeza por todas las cabezas, la mano por todas las manos, y cayó el velo y tras cada tajada la hiedra de Odiseo saca otra cabeza y la razón se quedó estupefacta ante un Jano estrábico (que mira sin mirar o mira demasiado).

Alguien remodeló Delfos: “duda de lo que se da como evidente”. Pero eso es terrible. Es adentrarse en la infinita pluralidad inabarcable, perderse en la casuística, navegar con una brújula derviche. La vida no es lo que era, esto es, cuantificable. Los científicos no supieron medir las esencias y dejaron fuera de los laboratorio (condenados a los fuegos exteriores, al llanto y rechinar de dientes epistemológico) a todo aquello que no cabía en el sistema métrico internacional. Y resultó que eso era lo que merecía la pena, porque era lo que nos humanizaba. ¿Qué sabe el cardiólogo del amor? ¿Y el físico del desconsuelo? ¿Cuánto pesa la soledad? ¿De qué color –esto es longitud de onda- es la nota la? ¿A qué temperatura se comienza a amar? ¿Cuál es la composición química de Dios?

La vida, oprimida, clama venganza; y su nombre es multiplicidad. ¡Cuánto nos aterra la contingencia! ¡Cuánto nos hemos perdido por la seguridad!

“Apretar la cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.”[2]

Parece que el genio maligno no sucumbió al exorcismo y seguimos pensando un mundo que no es el mundo. Un mundo apacible. Un mundo kitsch. Que no soy EL HOMBRE sino un hombre. Cascarrabias, con sobrepeso y bigote.

Por cierto, la nota la es azul.



[1] Meditaciones Metafísicas, René Descartes, Alianza Editorial, Madrid 2005, pág. 87

[2] Historias de Cronopios y de Famas, Julio Cortázar, Santillana, Madrid 2010, pág. 11

sábado, 24 de septiembre de 2011

Texto azul

A Laura, en nuestro particular aniversario


Amanecía entre los dedos de sus pies. El aire aún olía a noche y a legaña. Laura quiso inundar aquella casa con olor a desayuno, pues no es propio de gente sensata hacer combatir aromas con el designio de los relojes, pero al intentar salir de la cama no encontró el suelo. Simplemente no estaba allí.

-¡Que el suelo no está!, dijo ella, como si hubiera alguien para oírla.

Lo peor de cuando el suelo desaparece es que no tienes experiencia anterior a la que aferrarte, el proceder debe abrazar la improvisación y acabas haciéndote una bolita en el centro de la cama.

Para ser rigurosos no sólo el suelo había desaparecido sino que la habitación se había sumido en un sinsentido gravitatorio, causado probablemente por la ausencia de pavimento, y las cosas iban según su inane libre albedrío danzo choques unas contra otras.

En uno de esos extraños procesos de ir y venir un teléfono apareció cerca de la cama –aún no lo he dicho, pero la cama era el único objeto que se había quedado quieto, como intentando no quebrantar el sueño de su inquilina en aquella mañana estrambótica-. Ella lo miró con ojillos desconfiados, y con los mismos pies que habían dado permiso al cosmos para amanecer le propinó un puntapié.

-¡Que el suelo no está!, repetía ella haciéndose cada vez más y más pequeña.

Las cosas giraban, iban, corrían, saltaban, se ufanaban en aquel espectáculo de irracionalidad física. Ella se apretaba contra sí misma y se negaba a mirarlas. Las fotografías habían salido de sus álbumes y parecía como si el fantasma de las navidades pasada las fuera ordenando y enviando. Ella seguí menguando, derramándose por los ojos.

De pronto, como de improviso –hasta en los momentos de mayor confusión puede acontecer la sorpresa- entró por la ventana una melodía valseada, se le coló entre los dedos de los pies, le subió hasta el pecho y le besó los ojos.

Entonces me desperté.

martes, 6 de septiembre de 2011

La revuelta del defectivo

“Yo también quiero llover”. Ese era el grito de guerra de aquellos días. Las masas furibundas se rebelaban contra la tiranía del verbo defectivo.

-“Esto no puede seguir así, es un ultraje a las primeras y segundas personas. Conjugación igualitaria para todos.”

-“Lo que importa es la intención comunicativa. El marco gramatical no puede coartar nuestra libertad.”

Aquellos eran tiempos difíciles. El gobierno se vio obligado a reunir al consejo de académicos de la lengua para atajar el problema. Ellos elaboraron un documento en el que explicaban por qué no los hombres no pueden llover, salvando la excepción surrealista y la Dadá, donde todo es posible. Argumentaron fisiológicamente la imposibilidad pluvial del ser humano, la imposibilidad metafísica del zoon politicón, que ni por una parte ni por otra puede llover. A decir verdad no hicieron demasiados silogismos, es muy difícil defender lo evidente.

“Morfemas somos todos”, contestaron ellos. “No aceptamos vuestra racionalidad impuesta”. “Fascistas”.

Y no fue Dios quien confundió las lenguas, sino los hombres. Así el mundo perdió Babel.