sábado, 27 de agosto de 2011

El misterioso susurro de los himenópteros III

Bajé las escaleras pensando en estas y otras cuestiones cuando sin darme cuenta, llevado por mi cavilar detectivesco, acabé en la sala del piano. La sala del piano era una sala enorme con un gran piano negro en el centro. Yo sabía, porque me lo había dicho mamá, que tocar el piano era algo muy difícil y que es algo que solo algunas personas especiales pueden hacer. Sólo una persona usaba ese piano y no era, obviamente, una enfermera insulsa ni uno de esos enfermeros fanfarrones que van gritando por ahí, no; ellos sin lugar a dudas no eran especiales. Como decía, sólo Alicia tocaba el piano. Alicia era una chica joven y hermosa que por alguna extraña razón había olvidado cómo hablar mientras aprendía a tocar. Curiosamente en aquel momento Alicia no estaba en el piano pero a mí, por algún capricho o sencillamente porque era hermoso, me apetecía escuchar la voz de Alicia en el piano. Esperé.

Al rato, no sé cuanto exactamente porque no estaba con Abelino (él sin lugar a dudas lo hubiera sabido), Alicia entró por la puerta y me vio agazapado en un rincón. Se detuvo ante la banqueta y me miró interrogante. Yo me puse en pie y murmuré un “por favor” que bastó para que ella se sentara y comenzara a tocar. Alicia tenía una voz preciosa.

Al cabo de unos minutos me encaminé hacia la puerta mientras Alicia seguía tocando. Mientras cruzaba el umbral le grité que tuviera cuidado con las abejas; ciertamente no sé si me oyó pero yo ya la había advertido. Alicia podía ser una presa fácil: seguro que a las abejas les hubiera gustado tener una pianista en su panal.

Fernando seguía sin aparecer y yo empezaba a impacientarme. Fui al salón donde estaban reunidos los sabios discutiendo sobre si el azul es o no más acido al paladar que el verde. Jamás me atreví a tomar parte en estas disquisiciones porque siempre pensé que era muy pequeño como para tomar parte en cuestiones tan elevadas.

Ya que pasaba por allí pensé que quizás sería bueno poner en conocimiento de los sabios el malvado plan de las abejas que había descubierto mi desaparecido Fernando, así que esperé a que hicieran una pausa e intervine. Les conté todo lo que sabía del tema, les hablé de mi conocimiento del abejo y procuré ser lo suficientemente discreto como para no llamar la atención de ningún enfermero y les rogué que ellos también fueran cautos. Después de haberles confiado esa información ellos hablaron en un idioma que yo desconocía (creo que lo hicieron porque sintieron envidia de no saber hablar la lengua de las abejas) y acto seguido uno de ellos me dijo: “Querido amigo, nosotros somos filósofos, sólo nos ocupamos de cuestiones completa y radicalmente inútiles: no podemos ayudarte.”

lunes, 22 de agosto de 2011

El misterioso susurro de los himenópteros II

Bordeé el jardín y saludé a Lorenzo con la mano. La enfermera me miró y me sonrió. Yo, aplastando contra mí el libro de las abejas le devolví la sonrisa mientras me decía para mi interior lo ilusas que eran aquellas jóvenes de trajes blancos.

Como no tenía ni idea de dónde podía estar Fernando decidí que lo mejor sería vagar por los pasillos hasta toparme con él, porque mamá siempre me había dicho que las cosas aparecen cuando dejas de buscarlas.

El interior del edificio me refrescó el cuerpo y yo la verdad es que lo agradecí. No sabía exactamente qué hora era porque el sueño me había hecho perder la noción del tiempo. Yo nunca llevaba reloj para no estropearlo y entonces recordé que Lorenzo siempre tiene su reloj, pero cuando iba a volverme hacia el patio para poder preguntarle me di cuenta que la eternidad de la que pretendía disfrutar Lorenzo había que ganársela viviendo poco, concretamente lo justo para no mover el tiempo. Entonces me acordé de Abelino. Abelino coleccionaba relojes de todo tipo y la verdad es que tenía muchos y muy bonitos. Creí recordar dónde estaba su habitación así que subí a la segunda planta y busqué su puerta. Llamé. Entré.

Dentro de la habitación de Abelino me sentí abrumado por el tiempo: relojes de arena, de aguja, de números arábigos, de números romanos, relojes con los números de colores, relojes que hacían tic tac, relojes que hacían solo tac tac, relojes de cuerda, de pila, relojes automáticos, relojes solares, relojes de agua y relojes de cuco. Abelino dormía así que me acerqué a su cama y tocándolo en un hombro se despertó y entornó los ojos para mirarme. Buscó con su mano las gafas y cuando se las colocó me miró y me preguntó: ¿qué hora es?

Yo di unos pasos atrás para dejarlo mirar sus relojes. Él me preguntó que qué quería y yo le dije que sólo saber la hora y le conté que me había quedado dormido en una silla y lo informé de la reciente conspiración de las abejas. Me escuchó con interés y después me dijo la hora. Reparé en que ninguno de sus relojes marcaba la misma hora y lo interrogué sobre ello. Abelino me dijo que había ido a parar allí porque una vez olvidó qué hora era y entonces comenzó a hacer cosas a destiempo. Yo le dije que aquello era realmente grave y él asintió con contundencia. Me explicó que todos aquellos relojes contaban el tiempo de las cosas que a él le importaban y me dijo que así nunca volvería a perderse. Me habló del reloj que contaba las horas desde su primer beso y del reloj que contaba el tiempo desde que estaba allí. También me habló de los que le decían la hora de las ciudades que había visitado, porque Abelino en otro tiempo había sido alguien importante, alguien a quien necesitaban en muchos sitios. Me enseñó el reloj que medía las horas como las habían medido los revolucionarios franceses y me enseñó un reloj que indicaba los rezos de los monjes de una abadía de las montañas de Italia donde decía que vivía su hermano. Abelino tenía razón: nunca volvería a perderse.

Dejé al bueno de Abelino en su habitación y recordé que aún tenía que llevar el libro a Fernando. Fui a buscar las escaleras cuando vi venir a dos enfermeros en dirección contraria a la mía. Yo había empezado a sospechar que los enfermeros y especialmente las enfermeras podían estar detrás del levantamiento de las abejas, lo que me extrañaba era que unos seres tan simples hubieran sido capaces de dominar un idioma tan complejo como el abejo.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El misterioso susurro de los himenópteros I

Cuando me despertaron ya tenía grabados los azulejos de la pared en los mofletes y un hilillo de baba seca me había dibujado una forma extraña en su caída desde la comisura de los labios. Nunca entendí por qué mi saliva intentaba escapar con lo cómodo que tiene que ser vivir en mi boca, pero en fin, imagino que ese es uno de esos temas de los que se ocupan los filósofos así que yo nada tengo que decir.

El sol me molestaba en la cara, alguien había abierto las ventanas y Fernando, agitándose, saltando, gritando, llorando y riendo (no me pregunten cómo se hace eso, pregúntenselo a él) decía que las abejas habían vuelto a conspirar contra nosotros. Yo, como buenamente pude, me levanté, me acerqué a él y le dije que yo me ocuparía de las abejas, que no tenía nada que temer. Él por su parte me miró con esos ojos azules que Dios le había dado y me preguntó extrañado: ¿Sabes hablar abejo? Yo, con una mano en su hombro y la otra en mi bolsillo asentí con vehemencia. Entonces Fernando sonrió y salió corriendo hacia el jardín.

Yo debía tener un aspecto horrible así que me encaminé hacia el baño para lavarme la cara y atusarme un poco el pelo porque mamá siempre me había dicho que un caballero no puede andar por ahí de cualquier manera y mamá nunca se había equivocado.

Al salir del baño recordé el complot de las abejas, así que me fui a la biblioteca y saqué un libro con ilustraciones de abejas: unas abejas grandes y gordas, amarillas, negras, con ojos muy raros y feos y con unos aguijones muy peligrosos; mamá también me había dicho que hay que tener cuidado con las abejas y papá me dijo una vez que no debía acercarme nunca a ellas. Pensé que papá era un hombre sabio porque al fin y al cabo esos ojos de las abejas no deben ver muy bien y quizás podrían confundirme con una de ellas y llevarme a su panal y claro, a mi la miel no me gusta porque es pegajosa. Decidí entonces que como mi abejo llevaba tiempo sin practicarse y la confusión y el consecuente rapto eran bastante probables, mejor sería llevarle el libro a Fernando y que él se preocupara por el complot. Me encaminé al jardín para ver si estaba por allí.

El jardín siempre me pareció un lugar hermoso con sus árboles, sus setos, sus fuentes y su hierba. A veces me sentaba a la sombra de los cipreses a mirar lo que las nubes querían decirme pero últimamente hacía demasiado calor. En el patio estaba Lorenzo con una “enfermera”. Nosotros sabíamos que las enfermeras eran espías, pero claro, eso solo podíamos decirlo a sottovoce cuando no miraban para que así siguieran creyendo que no sabíamos nada. Siempre pensé que las enfermeras eran estúpidas porque creían que nos tragábamos sus mentiras.

Lorenzo llevaba mucho tiempo allí y todos los días hacía lo mismo: poner su reloj en hora. El problema no radicaba en que su reloj atrasaba, sino justamente en que su reloj marchaba perfectamente. Él se sentaba y miraba cómo el segundero corría, después miraba un rato el minutero y vigilaba que la aguja de las horas no fuera a moverse de sitio. Si veía que lo intentaba rápidamente giraba las manecillas y volvía a atrasar la hora hasta las cinco menos veintisiete. Recuerdo la primera vez que le pregunté por qué lo hacía: él se me acercó al oído y con una voz que oscilaba del miedo al júbilo me dijo: “nací a las cinco menos veintisiete, si no dejo que el tiempo pase seré inmortal”. Yo quedé maravillado por aquel método pero yo no quería vivir siempre porque desde pequeño siempre había querido ser viejo y usar bastón. Quizás cuando lo consiguiera podría seguir el método de Lorenzo y conservar esa apariencia venerable para siempre.