sábado, 24 de septiembre de 2011

Texto azul

A Laura, en nuestro particular aniversario


Amanecía entre los dedos de sus pies. El aire aún olía a noche y a legaña. Laura quiso inundar aquella casa con olor a desayuno, pues no es propio de gente sensata hacer combatir aromas con el designio de los relojes, pero al intentar salir de la cama no encontró el suelo. Simplemente no estaba allí.

-¡Que el suelo no está!, dijo ella, como si hubiera alguien para oírla.

Lo peor de cuando el suelo desaparece es que no tienes experiencia anterior a la que aferrarte, el proceder debe abrazar la improvisación y acabas haciéndote una bolita en el centro de la cama.

Para ser rigurosos no sólo el suelo había desaparecido sino que la habitación se había sumido en un sinsentido gravitatorio, causado probablemente por la ausencia de pavimento, y las cosas iban según su inane libre albedrío danzo choques unas contra otras.

En uno de esos extraños procesos de ir y venir un teléfono apareció cerca de la cama –aún no lo he dicho, pero la cama era el único objeto que se había quedado quieto, como intentando no quebrantar el sueño de su inquilina en aquella mañana estrambótica-. Ella lo miró con ojillos desconfiados, y con los mismos pies que habían dado permiso al cosmos para amanecer le propinó un puntapié.

-¡Que el suelo no está!, repetía ella haciéndose cada vez más y más pequeña.

Las cosas giraban, iban, corrían, saltaban, se ufanaban en aquel espectáculo de irracionalidad física. Ella se apretaba contra sí misma y se negaba a mirarlas. Las fotografías habían salido de sus álbumes y parecía como si el fantasma de las navidades pasada las fuera ordenando y enviando. Ella seguí menguando, derramándose por los ojos.

De pronto, como de improviso –hasta en los momentos de mayor confusión puede acontecer la sorpresa- entró por la ventana una melodía valseada, se le coló entre los dedos de los pies, le subió hasta el pecho y le besó los ojos.

Entonces me desperté.

martes, 6 de septiembre de 2011

La revuelta del defectivo

“Yo también quiero llover”. Ese era el grito de guerra de aquellos días. Las masas furibundas se rebelaban contra la tiranía del verbo defectivo.

-“Esto no puede seguir así, es un ultraje a las primeras y segundas personas. Conjugación igualitaria para todos.”

-“Lo que importa es la intención comunicativa. El marco gramatical no puede coartar nuestra libertad.”

Aquellos eran tiempos difíciles. El gobierno se vio obligado a reunir al consejo de académicos de la lengua para atajar el problema. Ellos elaboraron un documento en el que explicaban por qué no los hombres no pueden llover, salvando la excepción surrealista y la Dadá, donde todo es posible. Argumentaron fisiológicamente la imposibilidad pluvial del ser humano, la imposibilidad metafísica del zoon politicón, que ni por una parte ni por otra puede llover. A decir verdad no hicieron demasiados silogismos, es muy difícil defender lo evidente.

“Morfemas somos todos”, contestaron ellos. “No aceptamos vuestra racionalidad impuesta”. “Fascistas”.

Y no fue Dios quien confundió las lenguas, sino los hombres. Así el mundo perdió Babel.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El misterioso susurro de los himenópteros IV

Me sentí contrariado porque acabábamos de perder a un poderoso aliado pero al poco se me olvidó. Se me olvidó principalmente porque Lucas pasó en desnudada agitación delante de mí. Lucas era un hombre muy sabio y eso le hacía tener muchos problemas. Nunca hablé directamente con él porque me daba vergüenza: yo siempre me he tenido por un rematado tonto. Lucas creía que siempre estaba soñando y eso, como digo, le hacía tener muchos problemas. La última vez que quiso volar acabó saltando desde el tejado, suerte que uno de los setos del jardín paró su caída. Ciertamente era mejor para su salud pasearse desnudo por los pasillos que saltar desde un cuarto piso o intentar comer fuego y además yo andaba preocupado por las abejas, así que no le hice demasiado caso.

Caminé mirándome la punta de los pies, cosa que desde pequeño me apasionaba, cuando Fernando se estrelló contra mí. Estaba conmocionado, sudaba y no podía articular palabra. Cuando logré que se relajara sólo le saqué una frase: “ya ha empezado”. Lo comprendí todo: estábamos en guerra.

Corrí con Fernando escaleras arriba y nos encerramos en mi habitación. Le mostré el libro y le hablé de mi temor a ser raptado. Le hablé de mi encuentro con Abelino y de cómo había visto a Lorenzo en el patio. Le dije que Alicia seguía tocando y apunté que hoy tampoco había hablado. Por último le dije que los sabios estaban ocupados con los colores y que no podían ayudarnos. Fernando me miraba con los ojos como platos y movía las manos de manera compulsiva. ¿Qué hacemos? Me preguntó. Le respondí que debíamos trazar un plan y estar alerta. Él debía aprender lo más rápido posible las expresiones básicas del abejo por si se veía en situación de emergencia.

Cuando estábamos en mitad de nuestra conversación un enfermero abrió la puerta y nos espetó que era la hora de comer. Yo le dije que bajábamos en seguida. Puse al corriente a Fernando sobre mis sospechas de la confabulación de los enfermeros con las abejas y a él le pareció de lo más racional.

Íbamos hablando escalera abajo cuando recordé que el General seguía conservando en algún lugar su escuadra de unicornios de combate. A decir verdad el General siempre me pareció un hombre amable pero ciertamente nunca entendí por qué nunca me había enseñado sus unicornios. Yo pensaba por aquella época que algo tan extraordinario como un escuadrón de unicornios es algo que debe mostrarse a todos cuantos deseen verlo pero más adelante comprendí que los unicornios eran animales muy tímidos y que si se les exponía como vulgares bestias de circo se sentirían muy mal.

Pensé que de tener al General de nuestro lado la balanza podría estar equilibrada, aunque tampoco sabíamos qué pretendían las abejas. Entre estas y otras cuestiones entretenía yo mi pensamiento mientras llegábamos al comedor. Cuando nos sirvieron la comida (mamá siempre me dijo que se piensa mejor con el estómago lleno) pude ordenar mis ideas. Fernando, por su parte, miraba las ilustraciones del libro de la biblioteca.

De pronto vi que las enfermeras que estaban en el comedor comenzaron a agitarse con preocupación. Algunas salieron corriendo mientras otras se quedaron para vigilarnos. Dos que pasaron cerca de mi mesa hablaban con especial desasosiego. Yo pude entender “el paciente Lorenzo… choque anafiláctico… alergia… picadura de abeja… parada cardio-respiratoria”.

Un sudor frío me bajó por el cogote. Si habían atacado a Lorenzo que era inmortal, ¿qué harían con los demás? Comencé a sentirme preocupado: yo no quería que me raptaran las abejas. Empecé febrilmente a calibrar opciones y ninguna me parecía buena; hasta donde yo sé los unicornios no son el enemigo natural de las abejas. Sentí que no había salvación así que extendí mis brazos y comencé a aletear. Zumbando salté por la ventana. Papá me había dicho que pasarse al enemigo era un acto despreciable pero no creo que me lo reproche, al fin y al cabo yo estoy loco y él, al menos la última vez que lo vi, estaba muerto.