martes, 6 de septiembre de 2011

La revuelta del defectivo

“Yo también quiero llover”. Ese era el grito de guerra de aquellos días. Las masas furibundas se rebelaban contra la tiranía del verbo defectivo.

-“Esto no puede seguir así, es un ultraje a las primeras y segundas personas. Conjugación igualitaria para todos.”

-“Lo que importa es la intención comunicativa. El marco gramatical no puede coartar nuestra libertad.”

Aquellos eran tiempos difíciles. El gobierno se vio obligado a reunir al consejo de académicos de la lengua para atajar el problema. Ellos elaboraron un documento en el que explicaban por qué no los hombres no pueden llover, salvando la excepción surrealista y la Dadá, donde todo es posible. Argumentaron fisiológicamente la imposibilidad pluvial del ser humano, la imposibilidad metafísica del zoon politicón, que ni por una parte ni por otra puede llover. A decir verdad no hicieron demasiados silogismos, es muy difícil defender lo evidente.

“Morfemas somos todos”, contestaron ellos. “No aceptamos vuestra racionalidad impuesta”. “Fascistas”.

Y no fue Dios quien confundió las lenguas, sino los hombres. Así el mundo perdió Babel.

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