martes, 17 de julio de 2012

Para recordar que aún seguimos vivos

Hace mucho que no escribo y he perdido el hábito. Pero uno es presa de sus constancias y las tristezas de calendario son las amigas más fieles que un hombre puede tener. Y las más castas.

Me dicen que voy a cumplir veintidós; con números es más simpático que con letras y eso ya me hace desconfiar. Llevo un rato interrogando al techo que desde su altura me mira por encima del hombro. Me gustan mis tristezas porque son mías.

Este año han pasado muchas cosas, pero supongo que como todos los años pasan muchas cosas. Sé que este año han sido más definitivas. Ha llegado mucha gente, y se han ido unos pocos, y no sé si la balanza está equilibrada. Y ha bajado Dios a dejarse traicionar por mi.

He perdido mis mundos, como quien pierde un álbum de recortes; me he visto obligado a vivir como viven los hombres y supongo que todo ha perdido un poco de poesía. Quizás ha ganado verdad, supongo que aún no me he acostumbrado al cambio. Me releo y me doy cuenta de que sigo siendo críptico; eso está bien.

Me alegra mucho ver desde aquí tantos rostros conocidos, todos vosotros que seguís gravitando por aquí. He llorado mucho las ausencias. Mucho. Y no es porque crea que eso sirve de algo, sino porque a veces toca ser humano. Tampoco es justo invertir más tiempo en las soledades que en las compañías, pero soy un miserable y no hago las cosas como debiera.

Sé que Dios ha hecho conmigo muchas cosas buenas, más en este rato que en toda mi vida. Y le doy gracias, porque yo, que me veo sin corazas, sé que no soy digno de nada. Bendito sea el Nombre del Señor.

Creo que nunca me saldrá un texto decente en este día. No me importa, tampoco me lee mucha gente, como no me felicita casi nadie. Eso me reconforta, nadie sensato puede tener muchos amigos. Ya estamos. Ya se acabó. Ya empieza. Seguid vosotros, que yo me voy a dormir. Creo que cada año miento peor.

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